 NEW MEXICAN
(Santa Fe)
6 de Noviembre, 2001
La Orquesta de Cámara Kremlin exhibe control, cohesividad
por Craig Smith
Cuando se habla mal de algunos deseables rasgos musicales, es fácil olvidar lo más importante: ser cohesivo emocionalmente además de acústicamente. Si no todo el mundo está en la misma página en el corazón así como en una partitura, todas las chuletas del mundo no esconderán el déficit.
La Orquesta de Cámara Kremlin marcó puntos en ambos sentidos con su matiné del domingo para la Asociación de Conciertos de Santa Fe. Musicalmente y técnicamente estuvieron casi siempre cerca de la perfeccióón; y bajo el fundador Misha Rachlevsky, proyectaron una intensidad casi aterradora nacida de emoción controlada y de rigor intelectual.
Esa combinación dio a la experiencia del concierto una curiosa desconexión. Por una parte, el sonido fue voluptuoso y la estructura de cada pieza clara como el día. Por otra, la concentración de los músicos era tan feroz que parecían comandos tomando posición.
O quizás es más preciso decir que parecían un grupo de monjes y monjas implicados excesivamente en agotadores ruegos. Un grupo joven también: la edad media de los músicos es 30, pero salieron al escenario con una actitud que no tenía nada de tonto ni de despreocupación que incluso una orquesta estadounidense bien disciplinada exhibe.
Añadiendo el sentimiento monástico, los hombres vestían ropa de conicerto negra y las mujeres también vestían de negro o gris oscuro. Una vez sentados, se movieron un poquito como si hiciesen oleadas de ruido en respuesta a las señales de Rachlevsky. El contraste entre apariencia ascética y tonalidades exhuberantes fue muy llamativo. Éste es un cuerpo muy bien ensayado, quizás demasiado
Rachlevsky, quien fundó la Kremlin en 1991, enfoca su atención en la música para cuerda de los siglos XIX y XX, incluyendo arreglos de cuartetos de cuerda y sextetos para un grupo más amplio (el grupo enlista 18 miembros y sólo había 16 aquí). La página web del gupo, www.chamberorchestrakremlin.ru, enlista 14 cds y sólo un trabajo barroco: Las 4 Estaciones de Vivaldi.
El andante lírico de Max Reger dejó que la Kremlin mostrase su dominio al tocar suavemente y su gracioso lirismo, y fue una experiencia encantadora. El oído se calmó y el espíritu se encantó. Rachlevsky tuvo éxito en hacer que las líneas multicapeadas de Reger salieran claramente.
Las Metamorfosis de Richard Strauss estuvieron bien tocadas y tuvieron un excelente trabajo de solo entre el grupo. Pero hubo un pequeño y aparente disfrute de la abundancia de sonido a lo crema batida de Strauss. Parte del problema es que las Metamorfosis son el Strauss más divagante. La pieza cubre más suelo que un corredor a campo a través y tiende a descomponerse bajo su propio peso, sin importar la confianza con la que se acerque
La segunda de las tres partes del progama exhibió dos obras poco conocidas de compositores rusos del S. XIX. Las Variaciones de un tema de Tchaikovsky de Anton Arensky se tocaron con excelente sonido y buen movimiento de avance, como hicieron con la Serenata común pero competente de Vasily Kalinikov.
Las Visiones Fugitivas de Prokofiev, op. 22, originales para piano, me gustaron menos. La Kremlin les dio una buena lectura, pero no pudieron lograr mucho el infinito control que Prokofiev pide para estos pequeños 20 trabajos. Cada músico tuvo su línea bajo control, pero los bordes exteriores fueron borrosos a pesar de la dirección minuciosamente detallada de Rachlevsky
Para el tercio final del concierto, el público tuvo que votar la obra a oír. La elección fue la Serenata para cuerdas de Dvorak, op. 22, que recibió una lectura vigorosa, en cierto modo unidimensional. Algunas de las escalas para violín no fueron claras y la pieza fue más propulsada que aguantada; sin embargo, la energía de la Kremlin las llevó a término.
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