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ORLANDO SENTINEL
5 de Marzo, 2002

La orquesta de cámara aligera un Bach pesado con frecuencia
por Steve Brown | Crítico de música clásica Sentinel

WINTER PARK -No había ninguna razón para esperar que un conjunto de cuerdas ruso arrojase luz en lo que el Coro Bach Festival y la orquesta hicieron de la Pasión según San Juan de Bach. Pero es lo que pasó.

La Orquesta de Cámara Kremlin incluyó el concierto de J. S. Bach en su programa el sábado por la tarde para el Festival Bach del Winter Park. Su manera de tocar vibrante y sonora era decididamente moderna - sin imitar los tonos pobres de los grupos de instumentos de la época. De todas formas, el Bach del grupo fue sólido.

Mucho de ello tuvo que ver con la manera en que tocaban los intrumentos más graves. Esquematizaron sus partes claramente pero con ligereza -a veces, apenas rozaban cada nota.

Quizás eso fue lo que sobresalió porque unas pocas horas más tarde, la soprano solista en el San Juan -Sharla Nafziger- cantó alegremente y como dando pasitos ligeros. La voz de Nafziger fluyó tan graciosamente que prácticamente se hizo entender por sí misma, sin importar las palabras.

Pero mayoritariamente, el Bach de la noche del sábado fue pesado. Lo que hicieron el coro y la orquesta poco tuvo que ver con la primavera rusa.

Aunque el San Juan -que narra la historia de la crucifixión- dista bastante de ese concierto, necesita ímpetu. Algunos de los músicos pusieron su vida en ello.

El tenor Scott Weir narró con fluidez y con dicción clara como el vidrio. Sus toques de expresividad -como la ternura en su voz cuando describía el duelo de la Virgen María -fue mucho más allá de una simple narración. La Soprano Nafziger cantó con una elegancia y un tono tan suave que captó el optimismo de su primera aria -sobre el seguimiento de Jesús con esos pasos alegres -y el pathos de su lamento por la muerte de Cristo.

Laura Pudwell enriqueció las arias de mezzo-soprano con un tono profundo y lirismo de larga respiración. En la aria del tenor uniendo al Cristo herido con los rayos del sol atravesando el cielo, Colin Ainsworth cantó de manera tan etérea que expresó la situación a la perfección. Como Jesús, el barítono Edmund LeRoy cantó com sentimiento y comprensión, aunque no siempre afinase. El coro, dirigido por John V. Sinclair, captó la devoción de sus himnos con entusiasmo, suavidad y fervor en las palabras.

Pero el coro y la orquesta hicieron que los grandes estribillos en el principio y en el clímax sonasen contundentes. El esfuerzo del coro al cantar expresó ferozmente el entusiasmo de las masas ávidas de sangre generando mucha electicidad. El barítono Russel Franks cantó con resonancia pero su torpeza mató el efecto. Exceptuando los fluidos solos de flauta, ambas aportaciones de la orquesta a las arias fueron toscas -especialmente los dominantes oboes que completaron con Pudwell- e insípidas.

No hubo nada tosco ni insípido en lo que hizo la Orquesta de Cámara Kremlin. Desde el primer toquecito de embellecimiento que inició la Sonata para cuerdas N 3 de Gioachino Rossini, la primera obra de este concierto, los 18 músicos estuvieron unidos hasta en el más mínimo detalle.

Si la música necesitaba ir a toda prisa, tener elegancia, destacar la melodía o un pianíssimo delicado, el director Misha Rachlevsky y sus músicos lo conseguían. Y lo hacían con naturalidad.

Llenaron de espíritu la Sonata de Rossini. El primer movimiento fue tajante y desenvuelto, y los músicos apuraron el torbellino final con facilidad. El "Andante" no estuvo muy refinado pero sí sonó suave.

En el Bach -el Concierto para Dos Violines en Re menor- los solistas Eskender Bekmambetov y Anton Shelepov recorrieron la obra con valentía y agilidad. En el "Largo", sacaron un sonido ardiente tejiendo los dos hilos con una habilidad que evitó que la música se volviese viscosa.

Y el grupo disfrutó de la Serenata para Cuerdas de Tchaikovsky. Lo hicieron no sólo en cuanto a la vitalidad y al lirismo lleno de voces, también con la espontaneidad y los deliciosos matices que introdujo Rachlevsky. El "Waltz" brotó ardientemente, entonces se convirtió en un susurro antes de que el grupo se hundiese otra vez en la danza. Los violines se tomaron su tiempo para cuidar al máximo la melodía de la "Elegy", y cuando fue el turno de las violas, resplandecieron.

El virtuosismo se demostró incluso en el despegue del concierto de Bach. El tema de apertura metarfoseado en una versión de "Hermano, me prestas una moneda?", y "No es un encanto?" apareció de repente poco después. El final se desvió hacia el Concierto de Brandenburgo N? 3. Y los tres músicos manejaron la parodia con mucha más elegancia de la que usaron en la versión auténtica.

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